La acción de la Justicia nunca ha sido ciega, sino todo lo contrario, tiene los ojos muy bien abiertos. La supuesta ceguera hace referencia al estricto cumplimiento de la ley por parte de sus agentes, pero la experiencia nos demuestra que la ley se aplica con muy distintos criterios, según sea el juez que juzga y según quien sea el ciudadano juzgado. Por tanto, esta es la evidencia de que LA JUSTICIA NO ES CIEGA.
Quienes defienden la "ceguera", lo manifiestan invocando la aplicación expresa del principio de legalidad, otra fantasía típica de quienes pretenden hacernos creer que ley y sentencia, hechos y fundamentos de derecho, guardan una sintonía absoluta. Menuda sobervia mentira argumental.
La justicia se administra por quienes están facultados para hacerlo, pero su fuente de aplicación administradora, ni por lo más remoto, tiene nada que ver ni con la estricta legalidad aplicable al caso litigioso, ni mucho menos. En la aplicación práctica de la justicia no se tienen se tienen en cuenta (salvo contadas excepciones), los criterios de aceptación social dominante. Ojo... me refiero a la justicia emanada de juzgados de familia, titulares y conexos, y no hago extensiva esta apreciación a la praxis judicial de otros órdenes, como son los administrativos, el mercantil y los encargados de resolver temas relacionados con el civil patrimonial (Primera Instancia).
La justica de familia es parcial, dominada por los prejuicios del género, asistida de creencias generalmente asumidas como es la patrimonialidad del hijo por parte de la madre, asistidas de bulos tan rematadamente arcaicos como es la suposición de que no existe el hombre maltratado, ni el capaz "per se" para hacerse cargo en su individualidad de la crianza y educación de sus hijos. Esta justicia, como vemos, no es ciega, ni mucho menos justa, porque los preceptos aplicados chocan de bruces con aquellos bienes jurídicos que dicen proteger.
Es más, si esta forma de hacer justicia no fuera tan descabellada como es, a buen seguro que el juez D. Francisco Serrano no se habría visto impelido a soportar el calvario procesal en el que se halla inmerso. Por tanto, de la justicia de ojos abiertos, discriminadora e inquisidora, solo cabe esperar lo que tenemos: acciones de venganza personal en la que prevalece el poder del lobby dominante, que nada tiene que ver con el sentimiento social dominante. Esta es acción justiciera de una minoría, contra los intereses de la gran mayoría. La victoria la cantan los minoritarios no porque la ley les ampare, sino porque su estructura organizativa criminal les permite ser dominantes, poderosos y triunfantes.
Mariano Orta.
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